Pintor Alfonso Quijada



Alfonso Quijada: La paradoja del hombre

Con motivo de la Exposición "Quijada: El legado", hasta el 30 de abril de 2014 en el Museo de Albacete. Publicado en el Diario La Tribuna de Albacete, días 3 y 4 de febrero de 2014.
Feli Izaguirre

“Me interesa más la huella que deja el hombre, que el hombre mismo. El hombre individualmente no tiene importancia, sino el conjunto de la humanidad, entendido como un espacio infinito en la pequeñísima tierra, los astros, etc. Hay en el hombre una parte material que no muere, que queda siempre viva y que forma parte del Universo, que tampoco muere” llegó a decir Alfonso Quijada -pintor de Albacete (1937-1994)- , refiriéndose a la ausencia de figuración en su pintura.

Parece sumamente paradójica, o al menos, chocante, esta afirmación de que “el hombre individualmente no tiene importancia”, en un hombre que por ser él y no otro, ha sido, es y será importante, y porque él consideraba importantes a los otros hombres con los que se relacionaba, en una manera de ser sencilla, transparente, profundamente respetuosa y muy cordial, buscando el encuentro y la comunicación fluida con el otro, que inspiraba confianza: somos testigos de esta verdad quienes han convivido y hemos tratado con él: familia, pintores, docentes, investigadores, catedráticos, periodistas, sus propios vecinos…

Hablando con Alfonso Quijada, nadie podía sentirse en tierra ajena, extraño. Su misma obra artística ejerce en cada uno una poderosa atracción personal hacia un mundo misterioso, sí, pero que resulta familiar al mismo tiempo; de alguna manera, sentimos que es nuestro. En sí mismas, sus obras se caracterizan por ser “un producto bello y agradable”, como ha señalado el catedrático e investigador de Literatura, el albacetense Antonio García Berro.

Franco, abierto y apasionado, fue un hombre entregado a los de su misma condición: otros hombres igualmente hombres con los que se relacionaba. Y plenamente encarnado en la realidad de su tiempo-espacio.

Pionero en la abstracción en Albacete y a la cabeza de la vanguardia, Quijada se hizo desde el principio con el reconocimiento de los pintores de su entorno y de cuántos lo conocimos, por su saber escuchar y hacer, sus conocimientos y consejos, y por la admiración que nos despertaba su obra.

Implicado de manera muy activa en la actividad cultural de su tierra, Albacete, presentaba su obra a los certámenes artísticos;  promovía y llevaba hacia adelante con sus amigos pintores iniciativas para impulsar y cultivar el arte; hacía carteles para la Feria y portadas de periódicos; pintó el mural del Altar y Sagrario de la nueva Parroquia de San José, su parroquia, y otros murales para dos colegios públicos de la provincia, en Tarazona de La Mancha y Madrigueras.

Y como farmacéutico en la calle Tejares, 19, y vecino del Barrio de las Carretas, Quijada era toda una institución: un hombre muy querido al que acudían los vecinos para cualquier cosa que necesitasen.

Bajo el tejado de la oficina de su farmacia, Alfonso Quijada tenía su estudio, que fue calificado como “lugar mágico y punto de encuentro de artistas”, donde cultivaba también su afición a hacer colecciones de objetos variopintos: “Necesito hacer cosas con las manos. Tengo espíritu de coleccionista, coger cosas sin ningún valor, simplemente por guardarlas. Y todo esto claro que tiene relación con mi pintura, porque supone clasificarlas, ordenarlas. Se las somete a una jerarquía, igual que en pintura o en el arte, donde se ordenan colores y formas”, nos llegó a decir.

A muchos, su pintura les transmite una concepción personal de la existencia, una filosofía vital de la naturaleza y de la dinámica de la materia.

Realmente espectaculares e imaginativas, sus creaciones en el subsuelo próximas a la superficie y hacia la que apuntan intencionadamente, -hacia arriba-, o ya aflorando tímidamente sobre la misma, dotadas de vida, de funcionamiento incluso… son construcciones, materia natural y transformada que forman tejidos, estructuras, engranajes, y donde cada elemento es importante, donde todo tiene su lugar, en armonía de espacios, volúmenes, formas, colores…

Resalta García Berrio junto a su esposa Mª Teresa Hernández Fernández, en su libro “Alfonso Quijada: el valor polisémico de la abstracción”, que “la solidez del mundo íntimo de este pintor expresa de manera inconsciente en su obra el ejercicio constante de una voluntad férreamente constructiva, con tenaz capacidad de resistencia imaginaria a la disolución caótica, capaz de poblar con fe y con esperanza la noche amenazante del destino humano”.

 “La serena reflexión de Quijada –expresan estos autores-, afronta con curiosidad los deslumbramientos del destino; pertenece también el albacetense, por convicción y voluntad de su fantasía, a los constructores nocturnos, a los aventajados visionarios de la esperanza que arrancan deslumbrantes imágenes a los infinitos ceros que suman los abismos más inquietantes de la condición humana y del universo”.

Es importante Quijada, como importante es su legado para Albacete, los albacetenses, el Arte y la Pintura.

Y estamos de enhorabuena con esta exposición “Quijada: El Legado”, en el Museo de Albacete hasta el 30 de abril, compuesta por 33 obras donadas por su esposa, Margarita Garrido García, a la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y adscritas a la institución museística.

Tal como ha sido presentada, la exposición ofrece una visión completa sobre la vida y obra de Quijada, que fue un artista multidisciplinar, como lo atestigua la gran variedad y riqueza de sus obras. Además de la pintura, cultivó la escultura, la obra gráfica, la ilustración y la cerámica artística.

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